| Caminando hace unos años
por las calles de La Palma (Gran Canaria), en medio del Atlántico
Norte, me sorprendió un cartel de una cafetería
que anunciaba “arepas”, el pan de maíz del
Caribe colombiano. Era un domingo de verano por la mañana,
La Palma dormía aún en su plácida calma
provinciana, y la cafetería estaba metálicamente
acortinada, de modo que no pude entrar y averiguar la historia
del cartel.
Supe más tarde que entre las Canarias
y el norte de América del Sur hubo un fuerte flujo migratorio
“de ida y vuelta”: los canarios iban a ganar dinero
a Colombia y Venezuela, y lo traían de vuelta al archipiélago,
junto con los hábitos alimentarios que habían
adquirido allá. Arepas, café liviano y ron son
tres de sus componentes fundamentales.
Internet está produciendo en España
un fenómeno lingüístico similar que ya se
refleja en la literatura, aunque el cine argentino (muy popular
en España desde mucho tiempo) fue su precursor. Ché,
vos, pibe, boludo, mina, subte han ingresado en el habla madrileña
con una entonación sesentista que recuerda sospechosamente
a Federico Luppi o Norma Aleandro.
Y no es precisamente un hablante culto o literario
el que las ha adoptado, sino el camarero de veintipocos años
que atiende la barra del café de la avenida Rafaela Ybarra,
adonde suelo ir un par de veces por semana a tomarme un café
con una porra –o, preferentemente en invierno, un chocolate
con churros– con un chupito de orujo blanco casero de
Galicia.
Mi amigo Guillermo Roz (1),
otro argentino, pero de la generación de mis hijos, que
lleva un lustro ya en España, tiene una página
web bautizada, apropiadamente, Soñamos España
(http://blogs.periodistadigital.com/sonarespana.php),
y es miembro del consejo editorial del magazine litereario Ómnibus
(www.omni-bus.com).
Por efectos del imperialismo lingüístico
global, la dirección de su sitio web no deja de ser un
poco risueña: “Soñamos España”
se transforma en “sonarespana”, lo que también
puede ser leído como “¡Sonamos! ¡España...!”.
El punto de partida de esa página es
sencillo y está expresado ya claramente en su título:
es el de los tantos argentinos (muchos de ellos, nietos de españoles,
como Roz) que han venido a este país con la misma ilusión
de “hacer la América” como la que alentaban
sus abuelos al emigrar, y luego se han encontrado con la realidad,
que no me animo a calificar de “dura” por no incurrir
en un lugar común, pero que no es precisamente idílica
para todos los inmigrantes.
Roz está muy lejos de ser el inmigrante
desencantado, condenado a una mediocre marginalidad por una
sociedad que necesita mano de obra barata pero no está
dispuesta a permitir que los trabajadores extranjeros ejerzan
unos derechos políticos que los mismos españoles
consideran un tedio: menos de la mitad de los españoles
calificados para hacerlo han votado en las recientes elecciones
nacionales y el partido gobernante (PSOE) tiene problemas en
Madrid (donde perdió de manera espectacular) para conseguir
candidatos creíbles y competentes.
Roz es por el contrario un periodista cultural
que está ganándose su espacio en un mercado sobresaturado,
y acaba de publicar en estos días una novela, su opera
prima, que se presentará estos días en la Casa
de América, de Madrid.
La acción de La vida me engañó
(Madrid: Mirada Malva) se sitúa en un no-lugar (no podemos
enterarnos de ninguna manera dónde vive su innominado
protagonista). Pero dentro de este no-lugar ese protagonista
se cura de un desengaño sentimental soñando otro
lugar llamado Atelepze.
Atelepze es una ciudad fabulada, de corte rabelesiano,
cuyo nombre (perdoname la indiscreción, Guillermo) es
Ezpeleta escrito al revés. Para los no-argentinos o no-porteños,
Ezpeleta es un suburbio de Buenos Aires, en el empobrecido cinturón
industrial del Sur.
Pero antes Ezpeleta fue –y es todavía
Espellette, una población de unos mil a dos mil habitantes,
situada entre el río Nivelle y el Laxia, al pie del monte
Atchuléguy, próxima a Cambó-les-Bains,
en el País Vasco francés. Así lo indica
el Gran Atlas de Carreteras de España y Portugal, publicado
conjuntamente en 1992 por el diario español ABC y la
editorial Planeta, con la colaboración del Real Automóvil
Club de España.
Si Adolfo Bioy (padre de Adolfo Bioy Casares,
autor de los autobiográficos Antes del novecientos y
Años de mocedad, y descendiente de vascos franceses)
viviera, seguramente se deleitaría con estos datos.
Roz vive en España desde 2002, pero
nació en 1973, en Buenos Aires, se crió en Atelepze
(perdón, Ezpeleta), y estudió Letras en la Universidad
Nacional de La Plata (Argentina).
Como es de esperar por su edad, escribió
La vida con un procesador de texto en una computadora personal,
pero –menos previsible, por involuntario e inconsciente–
en un idioma sutilmente propio, un híbrido de castellano
literario bonaerense y de español mediático-coloquial
de la era de internet, gestado en su mente en los últimos
cinco años.
En la neo-bonaerense Atelepze circulan autobuses
como en Madrid, y no ómnibus como en Ezpeleta; la gente
bebe carajillos y no café “con gotas”; y
sin embargo allí todavía hay computadoras y no
ordenadores.
La “aldea global” de Marshal Mcluhan
no es más una visionaria profecía genial, sino
ahora ya una realidad convulsa y cambiante que está generando
sus propios hechos lingüísticos e incluso sus propios
lenguajes, unos flamantes “Newspeak” que reducen
al de George Orwell a la categoría de juego infantil.
***
España es en estos días el país
líder de Europa en teléfonos móviles por
habitante, y está en la cola, junto con Portugal y Grecia,
en ordenadores personales. Pero eso no impide que una franja
etaria comprendida entre los 12 y los 30 años se encuentre
inmersa en la Era Digital.
Basta asomarse a cualquiera de la veintena
de bibliotecas públicas de la ciudad de Madrid (la de
mi popular barrio de Usera, sin ir más lejos) para ver
decenas de personas de ese colectivo (y algunos sorprendentes
jubilados) con los ojos clavados en los monitores y los dedos
que teclean a velocidades vertiginosas para acceder a una hora
diaria gratuita de internet.
Diez años de ausencia de la Argentina
me impiden verificar de manera directa y personal si el proceso
inverso también ocurre en Buenos Aires, aunque estoy
seguro de que el cine español debe de haber producido
un efecto simétrico al argentino en Madrid.
Pero estoy seguro de que internet lo está
produciendo. Entro diariamente a Apuntes, la lista de correos
de la Fundéu (www.fundeu.es)
dedicada a problemas de lenguaje, edición, traducción,
corrección de estilo. Somos unos cuantos argentinos,
de una y otra costa del Atlántico, que participamos en
ella, y no somos el colectivo latinoamericano más numeroso
del grupo.
Hay continuas consultas acerca del uso de la
lengua aquí y allá: dudas y problemas que los
prolíficos diccionarios de la Real Academia no resuelven
o incluso complican. Pero lo curioso es que los participantes
(unos 300, de una docena de países de todo el mundo)
nos comunicamos inconscientemente en una lengua común
que jamás da lugar a confusiones o malentendidos.
No es la lengua de los SMS o los chats, por
cierto. Es un castellano epistolar neutro, adaptado a la agilidad
del correo electrónico pero sin las espantosas mutaciones
y mutilaciones de la comunicación digital informal.
Por cierto, esto que me llama la atención
a mí, que nací en la década de 1940, seguramente
no es una novedad para la generación de Roz, pero tampoco
creo que sea un fenómeno concientizado. A tal punto es
así que él mismo no se había percatado
de ese sutil hibridaje de su lengua literaria hasta que yo se
lo señalé, cuando leí por primera vez,
lápiz rojo en mano, el manuscrito de su excelente novela.
Me pregunto cuánto tiempo tardaremos
los porteños en llamarnos “bonaerenses” a
nosotros mismos, como hacen impunemente los españoles,
amparados por el constructivismo lingüístico de
la Real Academia y la insensibilidad auditiva de los corresponsales
de El País.
La Argentina, como las Canarias, también
tienen su flujo migratorio “de ida y vuelta”, pero
a diferencia de el del archipiélago, que trajo de regreso
las arepas, en la bodega de un barco de inmigrantes, el nuestro
trae las palabras, en el soporte inmaterial de las páginas
de internet.
Como país de inmigración intercontinental
y de migraciones internas y fronterizas aluvionales, la Argentina
tiene una lengua híbrida y absorbedora de importaciones
e innovaciones. Es muy interesante observar ahora cómo
este nuevo canal de comunicación que es internet potencia
esa característica en la lengua literaria de sus nuevos
escritores.? Ω
(1) Cierta crítica apocalíptica
sostiene que la novela está en decadencia (c. Alejandro
Gándara). Sobreviría sólo un género
sustituto, “el bestseller de calidad” (c. Constantino
Bértolo), encarnado en Paul Auster o Michel Houellebecq.
El realismo mágico, su última esperanza (c. Emir
Rodríguez Monegal), también se habría agotado
con Gabriel García Márquez. La vida me engañó
(Guillermo Roz (Argentina, 1973 ) revela que la novela sigue
viva. Su estructura en dos niveles (autobiografía, fantasía)
rompe la convención del “bestseller de calidad”
y da lugar a una narrativa del imaginario, a la vez fabulosa
(v. Cervantes, Rabelais) y existencial (v. Sartre, Capote).
Es, sin embargo, una innovación no-conflictiva, inclusiva,
que invita al lector a participar, en lugar de rechazarlo (v.
James Joyce).
* Martín F. Yriart es periodista, investigador
y profesor de comunicación. Ha sido redactor y editor
en Panorama, La Opinión, Ámbito Financiero y la
agencia Reuters, y profesor en las universidades de Belgrano
y de Buenos Aires (Argentina), y de Salamanca (España),
y en la Escuela de Letras de Madrid. Creó y dirigió
los periódicos digitales Actualidad Literaria (www.actualidadliteraria.com)
y Biblioteca de Bagdad (www.bibliotecadebagdad.com). Actualmente
trabaja en el diseño de contenidos de Ciudades (www.heterogenesis.se/ciudades.asp),
un proyecto de la revista Heterogénesis (www.heterogenesis.com).
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