De “Soñamos España” a “sonarespana”,
¿o, quizá, “¡Sonamos! ¡España...!”?

 

Por Martín Yriart
Madrid, 2007

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Caminando hace unos años por las calles de La Palma (Gran Canaria), en medio del Atlántico Norte, me sorprendió un cartel de una cafetería que anunciaba “arepas”, el pan de maíz del Caribe colombiano. Era un domingo de verano por la mañana, La Palma dormía aún en su plácida calma provinciana, y la cafetería estaba metálicamente acortinada, de modo que no pude entrar y averiguar la historia del cartel.

Supe más tarde que entre las Canarias y el norte de América del Sur hubo un fuerte flujo migratorio “de ida y vuelta”: los canarios iban a ganar dinero a Colombia y Venezuela, y lo traían de vuelta al archipiélago, junto con los hábitos alimentarios que habían adquirido allá. Arepas, café liviano y ron son tres de sus componentes fundamentales.

Internet está produciendo en España un fenómeno lingüístico similar que ya se refleja en la literatura, aunque el cine argentino (muy popular en España desde mucho tiempo) fue su precursor. Ché, vos, pibe, boludo, mina, subte han ingresado en el habla madrileña con una entonación sesentista que recuerda sospechosamente a Federico Luppi o Norma Aleandro.

Y no es precisamente un hablante culto o literario el que las ha adoptado, sino el camarero de veintipocos años que atiende la barra del café de la avenida Rafaela Ybarra, adonde suelo ir un par de veces por semana a tomarme un café con una porra –o, preferentemente en invierno, un chocolate con churros– con un chupito de orujo blanco casero de Galicia.

Mi amigo Guillermo Roz (1), otro argentino, pero de la generación de mis hijos, que lleva un lustro ya en España, tiene una página web bautizada, apropiadamente, Soñamos España (http://blogs.periodistadigital.com/sonarespana.php), y es miembro del consejo editorial del magazine litereario Ómnibus (www.omni-bus.com).

Por efectos del imperialismo lingüístico global, la dirección de su sitio web no deja de ser un poco risueña: “Soñamos España” se transforma en “sonarespana”, lo que también puede ser leído como “¡Sonamos! ¡España...!”.

El punto de partida de esa página es sencillo y está expresado ya claramente en su título: es el de los tantos argentinos (muchos de ellos, nietos de españoles, como Roz) que han venido a este país con la misma ilusión de “hacer la América” como la que alentaban sus abuelos al emigrar, y luego se han encontrado con la realidad, que no me animo a calificar de “dura” por no incurrir en un lugar común, pero que no es precisamente idílica para todos los inmigrantes.

Roz está muy lejos de ser el inmigrante desencantado, condenado a una mediocre marginalidad por una sociedad que necesita mano de obra barata pero no está dispuesta a permitir que los trabajadores extranjeros ejerzan unos derechos políticos que los mismos españoles consideran un tedio: menos de la mitad de los españoles calificados para hacerlo han votado en las recientes elecciones nacionales y el partido gobernante (PSOE) tiene problemas en Madrid (donde perdió de manera espectacular) para conseguir candidatos creíbles y competentes.

Roz es por el contrario un periodista cultural que está ganándose su espacio en un mercado sobresaturado, y acaba de publicar en estos días una novela, su opera prima, que se presentará estos días en la Casa de América, de Madrid.

La acción de La vida me engañó (Madrid: Mirada Malva) se sitúa en un no-lugar (no podemos enterarnos de ninguna manera dónde vive su innominado protagonista). Pero dentro de este no-lugar ese protagonista se cura de un desengaño sentimental soñando otro lugar llamado Atelepze.

Atelepze es una ciudad fabulada, de corte rabelesiano, cuyo nombre (perdoname la indiscreción, Guillermo) es Ezpeleta escrito al revés. Para los no-argentinos o no-porteños, Ezpeleta es un suburbio de Buenos Aires, en el empobrecido cinturón industrial del Sur.

Pero antes Ezpeleta fue –y es todavía Espellette, una población de unos mil a dos mil habitantes, situada entre el río Nivelle y el Laxia, al pie del monte Atchuléguy, próxima a Cambó-les-Bains, en el País Vasco francés. Así lo indica el Gran Atlas de Carreteras de España y Portugal, publicado conjuntamente en 1992 por el diario español ABC y la editorial Planeta, con la colaboración del Real Automóvil Club de España.

Si Adolfo Bioy (padre de Adolfo Bioy Casares, autor de los autobiográficos Antes del novecientos y Años de mocedad, y descendiente de vascos franceses) viviera, seguramente se deleitaría con estos datos.

Roz vive en España desde 2002, pero nació en 1973, en Buenos Aires, se crió en Atelepze (perdón, Ezpeleta), y estudió Letras en la Universidad Nacional de La Plata (Argentina).

Como es de esperar por su edad, escribió La vida con un procesador de texto en una computadora personal, pero –menos previsible, por involuntario e inconsciente– en un idioma sutilmente propio, un híbrido de castellano literario bonaerense y de español mediático-coloquial de la era de internet, gestado en su mente en los últimos cinco años.

En la neo-bonaerense Atelepze circulan autobuses como en Madrid, y no ómnibus como en Ezpeleta; la gente bebe carajillos y no café “con gotas”; y sin embargo allí todavía hay computadoras y no ordenadores.

La “aldea global” de Marshal Mcluhan no es más una visionaria profecía genial, sino ahora ya una realidad convulsa y cambiante que está generando sus propios hechos lingüísticos e incluso sus propios lenguajes, unos flamantes “Newspeak” que reducen al de George Orwell a la categoría de juego infantil.

***

España es en estos días el país líder de Europa en teléfonos móviles por habitante, y está en la cola, junto con Portugal y Grecia, en ordenadores personales. Pero eso no impide que una franja etaria comprendida entre los 12 y los 30 años se encuentre inmersa en la Era Digital.

Basta asomarse a cualquiera de la veintena de bibliotecas públicas de la ciudad de Madrid (la de mi popular barrio de Usera, sin ir más lejos) para ver decenas de personas de ese colectivo (y algunos sorprendentes jubilados) con los ojos clavados en los monitores y los dedos que teclean a velocidades vertiginosas para acceder a una hora diaria gratuita de internet.

Diez años de ausencia de la Argentina me impiden verificar de manera directa y personal si el proceso inverso también ocurre en Buenos Aires, aunque estoy seguro de que el cine español debe de haber producido un efecto simétrico al argentino en Madrid.

Pero estoy seguro de que internet lo está produciendo. Entro diariamente a Apuntes, la lista de correos de la Fundéu (www.fundeu.es) dedicada a problemas de lenguaje, edición, traducción, corrección de estilo. Somos unos cuantos argentinos, de una y otra costa del Atlántico, que participamos en ella, y no somos el colectivo latinoamericano más numeroso del grupo.

Hay continuas consultas acerca del uso de la lengua aquí y allá: dudas y problemas que los prolíficos diccionarios de la Real Academia no resuelven o incluso complican. Pero lo curioso es que los participantes (unos 300, de una docena de países de todo el mundo) nos comunicamos inconscientemente en una lengua común que jamás da lugar a confusiones o malentendidos.

No es la lengua de los SMS o los chats, por cierto. Es un castellano epistolar neutro, adaptado a la agilidad del correo electrónico pero sin las espantosas mutaciones y mutilaciones de la comunicación digital informal.

Por cierto, esto que me llama la atención a mí, que nací en la década de 1940, seguramente no es una novedad para la generación de Roz, pero tampoco creo que sea un fenómeno concientizado. A tal punto es así que él mismo no se había percatado de ese sutil hibridaje de su lengua literaria hasta que yo se lo señalé, cuando leí por primera vez, lápiz rojo en mano, el manuscrito de su excelente novela.

Me pregunto cuánto tiempo tardaremos los porteños en llamarnos “bonaerenses” a nosotros mismos, como hacen impunemente los españoles, amparados por el constructivismo lingüístico de la Real Academia y la insensibilidad auditiva de los corresponsales de El País.

La Argentina, como las Canarias, también tienen su flujo migratorio “de ida y vuelta”, pero a diferencia de el del archipiélago, que trajo de regreso las arepas, en la bodega de un barco de inmigrantes, el nuestro trae las palabras, en el soporte inmaterial de las páginas de internet.

Como país de inmigración intercontinental y de migraciones internas y fronterizas aluvionales, la Argentina tiene una lengua híbrida y absorbedora de importaciones e innovaciones. Es muy interesante observar ahora cómo este nuevo canal de comunicación que es internet potencia esa característica en la lengua literaria de sus nuevos escritores.? Ω


(1) Cierta crítica apocalíptica sostiene que la novela está en decadencia (c. Alejandro Gándara). Sobreviría sólo un género sustituto, “el bestseller de calidad” (c. Constantino Bértolo), encarnado en Paul Auster o Michel Houellebecq. El realismo mágico, su última esperanza (c. Emir Rodríguez Monegal), también se habría agotado con Gabriel García Márquez. La vida me engañó (Guillermo Roz (Argentina, 1973 ) revela que la novela sigue viva. Su estructura en dos niveles (autobiografía, fantasía) rompe la convención del “bestseller de calidad” y da lugar a una narrativa del imaginario, a la vez fabulosa (v. Cervantes, Rabelais) y existencial (v. Sartre, Capote). Es, sin embargo, una innovación no-conflictiva, inclusiva, que invita al lector a participar, en lugar de rechazarlo (v. James Joyce).


* Martín F. Yriart es periodista, investigador y profesor de comunicación. Ha sido redactor y editor en Panorama, La Opinión, Ámbito Financiero y la agencia Reuters, y profesor en las universidades de Belgrano y de Buenos Aires (Argentina), y de Salamanca (España), y en la Escuela de Letras de Madrid. Creó y dirigió los periódicos digitales Actualidad Literaria (www.actualidadliteraria.com) y Biblioteca de Bagdad (www.bibliotecadebagdad.com). Actualmente trabaja en el diseño de contenidos de Ciudades (www.heterogenesis.se/ciudades.asp), un proyecto de la revista Heterogénesis (www.heterogenesis.com).